Chile Urbano: Luces en la ciudad

Dicen que la calle es el lugar de encuentro con el otro y, por ende, del peligro. No creo en eso. Nunca me han robado, nunca me han asaltado, nunca me han quitado el saludo, al menos, en la calle. Ni tan animal  ni tan doméstica, más bien urbana,  para mí, la ciudad es el lugar de los flechazos, las ayudas, las barricadas, las familias de ojos que se cruzan por primera y última vez, las manifestaciones. Pero esto, por cierto, es pura literatura,  bovarismo o, mejor dicho, boudelairismo  benjaminiano, el influjo de todos los que hicieron grande mi mundo bajo la lámpara.  

“Se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre” (Allende). Fue el primer discurso público que escuché justo cuando se tapiaban las ventanas,  se cerraban las puertas, se construían  villas  sobre  los cementerios clandestinos y la UNTAD, como le decían mis padres  al Gabriela Mistral,  se cerraba al público y se convertía en recinto militar, hoy día el  centro cultural y biblioteca que nos alberga. Quizás por todo esto, creo que para mí la ciudad es un deseo, un deseo de ciudad que pasa siempre por las palabras.

Para los críticos convocados por Madga Sepúlveda en Chile Urbano (Editorial Cuarto Propio) la ciudad es el espacio en que la imaginación entra en acción para construir realidad. Citando a Valeria de los Ríos autora de “Ciudades robadas y ojo mecánico: Ruiz, Lihn Agüero”: “el sujeto urbano no solo “lee” las ciudades sino que negocia la realidad de ellas imaginándolas. Así, la imaginación precede a cualquier distinción entre ficción y verdad, entre ilusión y realidad, porque es la imaginación la que produce la realidad tal como la conocemos” (de los Ríos, 113).  Me parece que esta cita ilumina, fuertemente, las pulsiones de escritura de quienes escriben los artículos de este libro así como de los escritores, cineastas, fotógrafos y artistas plásticos que los inspiran. Como se desprende del texto de Roberto Hozven, “Altibajos en la sociabilidad en ensayos chilenos”, quien dice ciudad, debería decir democracia,  verdad, justicia y  equidad, que según Hozven leyendo a Bilbao, se convierten en “un anhelo fracasado” (37),  idea que resalta en una metáfora doméstica y pública a la vez: “Servicio doméstico, sin contrato”(36). 

Las palabras de Andrea Kottow sobre Edwards Bello podrían extrapolarse como una queja presente en casi todos estos textos “modernidad y modernización serían experiencias exclusivas de una elite económica de Chile (…) y experiencia fragmentaria y contradictoria para una gran mayoría” (164). Los artistas y críticos hablan de una ciudad de “pobres corazones”; el Mapocho es una lágrima sucia según  Lucía Guerra Cuninngham leyendo a David Añiñir que recorre  un territorio salvaje y neocolonial  en el  que se excluye, se violenta, se “ningunea”. Es Elizabeth Horan  quien usa este verbo mexicano, casi chileno,  a propósito de  una Gabriela Mistral migrante que toda su vida será Cónsul Honoraria frente a  Pablo Neruda que obtiene cargo y sueldo a los 23 años.  

Horan no solo describe las estrategias apenas encubiertas de hostilización que afectan, sobre todo,  su reconocimiento público y su sustento, sino que también las formas en que Mistral responde creativamente al acoso, es decir: “hablar por su representación a través de la prensa angloparlante local ya que “no tiene voz” en Chile. Radicándose en los márgenes y aliándose con gente aún más heterogénea de lo que se cuenta aquí, (de estas maneras) Gabriela Mistral extendió de forma exponencial la red que la protegía sin dejar de oponerse a las prácticas antidemocráticas de Chile….”(260). En “Clandestinidades de Gabriela Mistral en Los Ángeles”: 1946-1948” Elizabeth Horan muestra que  aunque se intente desesperadamente convertir a Gabriela Mistral en   “servicio doméstico,  sin contrato” (Hozven) las escrituras no se detienen, no pueden ser detenidas, invisibilizadas o denigradas.  Fluyen con poder y belleza por ese río  turbio mapuchino testigo de esas y otras inequidades tanto o más feroces,  como muestra la narrativa de Nona Fernández leída por  Bernardita Llanos, Malva Vásquez y de María Inés Lagos.

Como se me cuenta la mistraliana, Paula Miranda, la poeta elige eliminar de una posible publicación del Poema de Chile escrito en California  los textos de la amargura y de las miserias nativas en los que explica por qué no vuelve a su país. ¿Cómo salir del Mapocho hacia el mar? Por cierto, se puede llegar y hasta con cierta fama, fingiendo que se rema alegremente por el Hudson o el Sena, en un “arribismo neurótico” que permite acomodarse gozosamente dentro del sistema” (74) como afirma sobre la narrativa de Alberto Fuguet, Cristián Opazo, o bien, se puede llegar sacudiéndose el  barro, pero con gloria, como ocurre con Mistral y su Poema de Chile dirigido a un niño indígena.

Es significativo y audaz, en cierto punto, que un libro sobre lo urbano convoque a escritores y críticos de la literatura de la Nación Mapuche tradicionalmente asociados a la naturaleza y sus misterios irrepresentables, si no lisa y llanamente al terrorismo. Hemos visto en los últimos días una guerra entre los dueños de Chile y los dueños de Chile por temas  en las que la violencia se ampara en el lenguaje y en la definición de la subjetividad ajena. Se es suficientemente bueno para hacer el pan y para cuidar a los niños,  pero no para ser un sujeto con derechos. ¿Cómo recibirá la ciudad letrada a la literatura e intelectuales de la Nación Mapuche?. Como puede leerse en “Una ciudadanía multicultural: representaciones de Graciela Huinao” y en “La ciudad ajena: subjetividades de origen mapuche en el espacio urbano” de Lucía Guerra Cunningham  sobre la poesía de David Añiñir, Leonel Lienlaf, Elicura Chihuanlaf pareciera ser que esta literatura y pensamiento están renovando el campo de la llamada literatura chilena. 

Pero las distintas ciudades de Chile Urbano se fundan en distintas temporalidades. Desde el siglo XIX con “Ocupación de cuerpos y ciudades en Blest Gana” de Alvaro Kaempfel hasta la narrativa y poesía de comienzos del siglo XXI con Nona Fernández, Graciela Huinao, David Aniñir y  Alejandro Zambra, pasando  por el Sanatiago postdictatorial de Diamela Eltit, estudiada por Lagos-Pope, la de Pedro Lemebel, por Juan Carlos Poblete y Carmen Berenguer, en el acusioso texto de Marta Sierra, y un poco antes,   la ciudad de la generación de los militantes,  estudiada por Magda Sepúlveda en su brillante tesis doctoral sobre la poesía de los sesenta que también convoca el nombre del poeta y maestro,  que tanto apreciamos Magda y yo, Nain Nomez,  a mi lado. Chile urbano muestra a artistas exiliados y retornados a los que les cuesta “dar en su corazón un lugar  a Santiago”, como decía el jingle de la dictadura usado por Alberto Fuguet como título en  uno de los relatos de Cortos. Como en este cuento, el espacio de este nuevo Santiago, sigue siendo el de los encuentros en los afectos, según se aprecia  en los artículos de Bernardita  Llanos sobre Calle Santa fe y de Valeria de  los Ríos sobre Raúl Ruiz. Las representaciones de la memoria traumática chilena también aparecen lo que he llamado  en otro lugar a propósito de la nar
rativa de Fuguet y Electorat “pasajeros en tránsito”, es decir, los que por vivir la infancia en dictadura nos identificamos con la patria chica mistraliana, la de los afectos.  En este punto resulta maravilloso que la memoria personal se cruce con la académica y me encuentre casi al final del libro con el texto de mi compañera  Malva Vásquez sobre Nona Fernández, en un artículo que da cuenta con precisión y rigor de los recovecos de lo que ella llama memoria abyecta.  El aspecto generacional del arte es abordado programáticamente por la artista visual y crítica Alejandra Wolf, quien cruza sus memorias con las de sus compañeros  en un texto que permite comprender cabalmente tanto los procesos creativos, experiencias y obras de su generación.

Pero como insisten varios autores del libro, la memoria es un hecho de la imaginación en beneficio del presente. La última novela de Alejandro Zambra, la primera novela chilena, me parece,  sobre Maipu, muestra la educación de  como una bisagra que en una sociedad inequitativa desclasa, desubjetiviza, pero otorga  a la vez, literatura mediante, algunas   Formas de volver a casa que poseen dignidad y belleza. Esta novela elabora la memoria traumática de Chile desde lo que Zambra llama la “novela de los hijos”, certera en sus denuncias (como suelen ser  los juicios de los hijos sobre los padres) y también, en la elaboración de nuevas maneras para narrar el pasado traumático chileno y ganar en la pérdida a través del amor.

Y termino estas palabras con el origen del libro y me atrevo a decir, de la crítica literaria chilena, la ciudad de nacimiento de la editora, Concepción. Es decir, referirme al  trabajo crítico y como maestra de Magda Sepúlveda,  quien a pesar de nuestra extraordinaria, rutilante y comentada juventud está a mi lado hace muchos años.  Quisiera decir públicamente cuanto admiro su trabajo, original,  incisivo, inclusivo, respetuoso y que qué manera su escritura tanto en sus artículos como en la  sala de clases  contribuye a lo que todos los que escribimos en su libro- secreta y no tan secretamente- queremos cambiar: el mundo. O quizás todo este bien en nuestro mundo, y hay comidas y bebidas de Chile que  cocinar, escribir y degustar con los amigos; jóvenes poetas que bailan a Los Primos y que leen apasionadamente la revista Ritmo al son de una primavera en llamas que no se ha extinguido, mujeres que se tienden en la cama a algo más que leer policiales, profesoras que inspiran a sus estudiantes y los conducen sin hilos a punta de buenos ejemplos, como se lee en los trabajos críticos de Magda.  Quizás todo está bien  en nuestro barrio, sin sobresaltos mayores,  y cuando alguien tiene un tropezón,  no hay que caer en la escatología,  hay que decirle: “te mistralearon, siéntete orgullosa, orgulloso. Sigue  cantando”.

Chile urbano es parte de la Colección Localidades en Tránsito del Centro de estudios de Literatura Chilena de la PUC, editado prolijamente por Cuarto Propio, con fotografías de Italo Retamal con una introducción de la editora en la que realiza una lectura crítica  de todos los artículos compilados que permite conocer su percepción de lo urbano en la literatura. A través de su lectura, no solo pueden entenderse las relaciones entre representación y ciudad en el Chile del siglo XIX en adelante, sino que también leer parte del trabajo lúcido y acucioso de distintas generaciones de críticos y críticas chilenistas que exhiben diferentes formas de escribir y de pensar, pero en los que me atrevo a asegurar, existe un genuino deseo de reconocimiento del otro y su trabajo. Termino con una cita de uno de mis escritores favoritos en Formas de Volver a Casa. Como dice David Añiñir, lleva de regalo una “azcurría”: 

No somos amigos, le decía a Alejandra, en el sueño. Por qué me ayudas si no somos amigos. Porque somos amigos, me respondía ella. Estás soñando y en el sueño piensas que no somos amigos. Pero somos amigos. Trata de despertar, me decía (Zambra).

 

Presentación de Rubí Carreño Bolívar

Universidad Católica de Chile

17 de enero de 2013

 

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *